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Vivir de promesas, o animarse a más

promesasPromesas fabulosas, o acciones concretas

Escribir tiene que ver en general, y en principio, con una necesidad íntima y personal. Ya sea literatura, ideas, o una teoría científica, hay un impulso a comunicar eso que se crea y piensa, darlo a conocer a través de la palabra escrita.

Esto puede ser algo puntual (de una sola vez) a partir de una situación particular, o bien una postura frente a la vida: la permanente necesidad de contar algo, de escribir.

En una época tan mediatizada como la que vivimos, donde todo parece pasar por y a través de los medios (hemos escuchado que “si no salís en la tele, no existís”), muchas veces, esta necesidad primera se mezcla rápida y desaforadamente, con un deseo de popularidad, fama, reconocimiento, o como quieran llamarlo. Uno ya no escribe para dar a conocer, sino y sobre todo, para que lo conozcan. Y en función de eso, y de un “negocio redituable” que además evalúa como importante, “para que esto de publicar no sea una locura adolescente”, desea llegar a cientos, miles, si es posible ¡millones de personas!, y que su nombre sea coreado en los estadios y panteones de la gloria universal, por sobre todos los nombres.

(En mis años de editar libros de autores independientes, he escuchado frases como: “hago lo que sea, hágame famosa”… o “quiero llegar a todo el mundo como la escritora de Harry Potter”; etc., etc.)

¿Y dónde estaría el problema?

En que es ahí, donde esa necesidad desmedida de “grandes éxitos”, se articula perfectamente con la necesidad de “muchos clientes” de las editoriales que, sin tener ningún interés en decir la verdad sino en decir lo que venda, prometen un mundo de posibilidades al alcance de nuestros primeros libros.

A las miles de librerías en todo el país promocionadas hasta el cansancio (y a las que hasta el cansancio insistiré con que son una inmensa mentira), se suman ahora las novedosas herramientas de e-book, venta en librerías virtuales en todo el mundo, etc., etc., etc.

Pareciera ser así de sencillo: uno publica un libro (sí, lo mejor de todo es que la idea se logra con un solo libro), llega a los mega-mercados, y el éxito y la fortuna solo son cuestión de tiempo.

Frenemos. Paremos. Respiremos hondo y profundo…

Retengamos solo un rato nuestras ansias de fama y dinero (quién las tuviera), e intentemos pensar…

Solamente en el país, llegan a las librerías más de 800 novedades mensuales. Esta cifra, que se repite en los países de Latinoamérica, puede llegar a nivel mundial, a cientos de miles de títulos, por mes.

¿Qué va a hacer mi título, perdido en la inmensidad de la web, si nadie sabe de su existencia?

¿Quién va a encontrar, más allá de la casualidad, mi obra?

Nuestro libro no va a darse a conocer mejor, ni más, porque sea publicado en portales universales, porque tengamos la promesa de la más amplia cadena de librerías, o porque lo traduzca simultáneamente a varios idiomas.

Si todo esto fuera cierto, y así de fácil, habría más autores consagrados, que lectores.

Pero además (¿cómo? ¡¿hay más?!), lo que casi nadie dice, es que aún si llegara a vender algunos ejemplares, difícilmente pueda cobrarlos.

La mayoría de los portales internacionales, y aún los locales, tienen condiciones de ventas mínimas, antes de liquidar una factura. ¿Qué quiere decir? Que por más que me entere que algún amigo emigrado compró mi libro en Paris, o que un lector imprevisto se encontró con mi ensayo, la empresa me dirá que “hasta no vender el mínimo de 50 ejemplares” (100 o más en algunos casos), desgraciadamente no “va a poder liquidarnos las ventas”.

O sea: un negocio redondo, para ellos. Suben miles de títulos por mes, rara vez alguno vende más de unos pocos ejemplares, y por esto, ellos se quedan con todas esas mínimas ventas que, multiplicadas, suman varios cientos de miles de pesos. Su negocio es subir todos los libros que puedan, vender cualquiera, y no pagar ninguno.

Convenzámonos: nuestro libro, como autores nóveles de cualquiera de las disciplinas en las que escribamos, necesita para crecer algo fundamental: nosotros mismos.

Nuestro libro va a recorrer mejor su camino si lo acompañamos. Si andamos con él de la mano, armando presentaciones, charlas de debate, difusión o discusión. Va a difundirse más no por un avisito en un medio masivo, sino por ir a los medios de nuestro barrio o ciudad, que son quienes pueden tener y generar real interés en nuestra obra, transmitiéndola a gente que por ahí, hasta ya nos conoce.

Ir de a poco, paso a paso, tomando la edición de nuestro libro (y generalmente de nuestros pocos primeros ejemplares), como un gran punto de partida, y no una meta.

Porque sólo así, podremos ir abriéndonos paso en un mercado que está tomado por figuras rutilantes (generalmente de una farándula que ahora también escribe), por escritores que en realidad son “periodistas ampliados” que ya cuentan con aval y trayectoria, y por una oferta y demanda que tiene que ver con negocios millonarios, y no con darle lugar a nuevas voces.

Editar nuestro libro, es solo un primer paso. Un gran e importantísimo paso, que lejos de ser el último, debería ser el primero en el largo y paciente camino de comunicarnos.

Claro. También podemos comprar las falsas promesas, y después, echarle la culpa al país, a la ignorancia de la época, o a cualquier cosa que nos quite la responsabilidad original: nuestro libro nos necesita, como nosotros a él, o más.

Jorge Navone
Escritor – Editor

 

 

2 thoughts on “Vivir de promesas, o animarse a más

  1. Tengo algunos escritos que me gustarían publicar, son relatos de distintos hechos. Si hablamos de hojas tipo A -4, son mas o menos unas 45 o 50 hojas escritas en una sola cara, ignoro cuantas páginas pueden llegar ha ser, como tampoco las medidas en que se puede imprimir.
    En realidad me gustaría saber aproximadamente el costo de una publicación de un tirada de 150 a 200 ejemplares.
    bueno, espero tener una respuesta a la brevedad, así veo de resolver lo mas pronto posible esté “sueño”.
    Desde ya muchas gracias.
    Jorge

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