• Thanks!

    Your email was successfully sent. Your enquiry will be dealt with as soon as possible.

    Required fields not completed correctly.

Deformación profesional – de Jorge Navone

.

.

.

El sexo es sucio. Debe serlo, casi por definición. Para que el sexo funcione, debe haber al menos un razonable intercambio de fluidos, que conllevan un mayor ir y venir de bacterias y gérmenes, los que desconociendo los límites de lo íntimo, aprovecharán la oportunidad para saltar al cuerpo ajeno, en una colonización sin barreras, expuesta en ese sexo.

El sexo es sudor, piel, olores que no se encuentran en frascos caros de perfumes. Es soltar la lengua y la nariz para que recorran lugares lejanos, intersticios oscuros, soltar el instinto como un perro, más allá de que al verlos oliéndose reprochemos su descaro.

El sexo es carne expuesta, intemperie contaminante en la que el otro nos desborda inundándonos con todo aquello que de él emana, se desprende, se ofrece en desparpajo.

El sexo es chancho, pero él había ingresado al departamento de bromatología del pueblo, y su oficio se le iría metiendo en la cama, año tras años, con los ascensos.

Al poco tiempo de ingresar, comenzó a describir casi con inaugurada y morbosa malicia, la insoportable contaminación que transmitía un beso de lengua, desaforado y sin continente, como le gustaban a ella. Sin dejar de ofrecérselos, incorporó algunas pautas que contemplen cierta asepsia, como no hacerlo antes de lavarse los dientes, ni inmediatamente después de las comidas. Mucho menos durante las mismas. Una batalla espeluznante entre los ejércitos bacterianos de una y otra cavidad bucal se representaba delante de sus ojos apenas intentaba hacerlo sin el suficiente cuidado, y luego de haber visto todo tipo de gérmenes en el microscopio del laboratorio.

Los controles avanzaron, precavidos e inoportunos como padre de adolescente, y fue necesaria una cama absolutamente limpia, siempre; una higiene corporal pormenorizada antes y después de cada sesión amatoria; y sobre todo, el cuidado microscópico de una pulcritud casi hospitalaria en los órganos genitales, los que ya no se conquistarían con la ambición de un colonizador, sino que se recorrerían con la frialdad de una caricia papal.

El sudor era evitado, como así también, las relaciones en otros ámbitos que no fueran el adecuado, previniendo una contaminación de alimentos en la cocina, de utensilios en la mesa, y del espacio de los chicos en el comedor.

La higiene conllevaba una preparación que imposibilitaba la sorpresa y la espontaneidad, y a medida que la salud se resguardaba, el instinto era salvajemente sometido. Para cuando lo nombraron director del departamento, su casa era una clínica, y su sexo una estampita mal impresa.

Fue ahí, que más allá de sus convicciones y de que lo amaba profundamente, ella cayó presa de un impulso absolutamente contaminante, sucio, inmundo, hediondo, decididamente nulo de higiene pero colmado de asombro, y se fue con el mecánico de la cuadra, pura grasa y aceite.

.

.

.

Ilustración: Pentamientos – de Marcelo Melendez Peñaranda / http://www.artelista.com

One thought on “Deformación profesional – de Jorge Navone

  1. Me ha gustado leerte. Una original idea desarrollada con elegancia y contundencia narrativa. Quería decirlo, cuando algo merece una felicitación no me lo reprimo. Felicitaciones!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*